Fernando Verdugo

La mirada como indagación

El conocimiento del artista no es solamente la maestría del lenguaje plástico, en este caso, del lenguaje, del vocabulario de la pintura. Es también, y llegado un momento en la vida del artista es sobre todo, la asimilación de las experiencias y la formulación de una mirada como método de indagación, un método en el que la cultura y los sentimientos parecen enfrentados. Se trata de un momento cofuso en el que el artista tiene que poner coto a su intuición, tiene que frenar la mano que viaja libremente por el lienzo, el ojo que sabe elegir, con práctica y elegancia, un color, una textura. Hay que parar en una bifurcación del camino antes de elegir una de las opciones que se nos proponen. Hay que pararse a pensar que cualquiera que escojamos será el que nos lleve a donde debemos ir, seguramente todos van al mismo lugar pues todos se van formando a partir de nuestras pisadas. Pero hay que pararse y decidir si debemos repetir lo sabido o sopesar nuevas posibilidades. En esa elección está la raíz del cambio, de la evolución y, también el germen de la inmovilidad. Verdugo ha elegido el movimiento y ha cambiado sus colores dulces y cálidos por la negrura del carbón y la brillantez del silicio, ha incluido en sus cuadros la rigidez de la geometría, una especie de invasión de texturas y líneas que marcan límites para la libertad, ponen fronteras al gesto, determinan hasta donde llega un suspiro. Sujetan los sentimientos, doblegan la intuición, enfrían la pasión. En este ejercicio de control ha optado por alterar su propio canon, pasando del gran formato a unos formatos que luchan contra sus bordes para crecer, pero que se sujetan a las instrucciones. Son las reglas de las formas y de los colores. Es, finalmente, la voluntad del artista.

Acostumbrados a la obra de Verdugo, a ese proceso que le lleva de una figuración que se deshace según camina nuestra mirada por el cuadro hasta una recuperación matérica de la superficie de la pintura, este nuevo paso nos habla de un proceso de enfríamiento de su trabajo.El taller se convierte en laboratorio, la mesa de operaciones se llena de ideas que sustituyen a las vísceras, la sangre se transforma en tinta. Aquí hay más cabeza, ¿dónde está el corazón? Sigue palpitando detrás de los colores, observando el ejercicio del cuerpo, de la mente en su búsqueda por nuevos materiales, por nuevas texturas, en ese intento de girar y girar, de desarrollar el lenguaje, para finalmente decir lo que el corazón dicta, pero posiblemente con más sofisticación. El esfuerzo para reducir los formatos, el deseo de añadir colores nuevos, de depurar todas las posibilidades, el trabajo de , al disminuir los formatos, incluir los aspectos antes difusos mucho más concretamente en una superficie más limitada es lo que nos lleva al signo exacto, a la línea rotunda, al parcelamiento de la superficie pictórica. Pero, vano esfuerzo, a Verdugo se le sale la pintura por los límites, y vuelven los grandes formatos, y hasta los colores más duros se vuelven dóciles a los sentimientos. La memoria se ha convertido en cultura, en ese oscuro proceso intelectual y técnico que solamente el hombre es capaz de desarrollar y ofrecer como una alternativa a la creación de la naturaleza. Y aquí conviven los dos elementos, en un proceso dialéctico que culmina en alguna de las obras y determina un proceso en desarrollo y el inicio de nuevas etapas.