Fernando Verdugo

Mensaje en una botella

El arte, la pintura, por supuesto, es una creación cultural, un juego que el hombre ha creado para decir y ocultar. Para nombrar con mil nombres algo que sólo tiene un cuerpo e, incluso a veces,ninguno. En este juego de magia de dar y esconder, de ocultar y nombrar a través de la belleza, del horror, del asombro, del misterio, con las armas del color y de las formas, de la luz y de la oscuridad, el artista crea símbolos y traduce, codifica los sentimientos, las ideas, de tal forma que su lectura se hace a veces absolutamente indescifrable. Esa idea, cultural, de utilizar el lenguaje para no comunicar, para ocultar tanto lo que queremos realmente decir es una sombra que acecha a la creación actual. En el arte todo es símbolo, apariencia, metáfora, nada es lo que parece y lo que parece no es. Este juego es como un río que nos lleva, en un discurso en el que las palabras nos embaucan por su sonido, por su tono, en el que el color nos seduce, las formas nos abruman, pero después solo queda el vacío y la soledad del principio, antes de intentar comunicar, se hace más densa. La utilidad del juego nunca puede ser sufrir, sino disfrutar. La utilidad del lenguaje solo puede ser comunicarse y así, entre los colores y las formas, los sentimientos van ocupando el lugar de la carne, de esa materia que justifica cualquier conversación, cualquier juego.

La obsesión del artista por hacer una obra personal y a la vez por que esa obra se convierta, sea reconocible, como algo propio, se une a la necesidad de una razón para que esa obra exista. Esa necesidad es simplemente la vocación de náufrago que cada artista tiene, simbolizando una vez más (esta vez no con su obra sino con su propia vida) el naufragio general del que todos sobrevivimos con mayor o menor brillantez, a veces incluso sin saber nadar. El artista nos envía en cada obra una botella con un mensaje, un mensaje que tal vez nadie lea, que tal vez nunca llegue a ninguna playa. Pero en ocasiones esa botella, ese mensaje llega hasta nosotros y nos dice: "¡escucha,mira¡". Y entonces ya no tenemos salida, estamos mirando una obra de arte, intentando encontrarnos entre una unión de colores, en la esquina de una forma, al borde de un gesto que el artista inició y nunca llegó a acabar. Pero la comunicación es difícil cuando no se emplean los mismos códigos, cuando uno de los extremos no sabe como debe escuchar una conversación, como leer una carta, como mirar un cuadro. Richard Wagner nos lo aclaraba, hace mucho tiempo, en su "Comunicación a mis amigos", cuando nos avisa que "el artista se dirige al sentimiento, no al entendimiento: responderle con el entendimiento significa simplemente, que no ha sido entendido".