Fernando Verdugo

Por el callejón del agua

Por Juan Manuel Bonet

Libre de Sevilla, lo siento más enjaulado en arquitecturas de Sevilla". Así veía Juan Ramón Jiménez a Luis Cernuda, en la caricatura lírica que le dedicó en 1927, y que quince años después incorporó a Españoles de tres mundos, y así tiendo yo a ver hoy a Fernando Verdugo, pintor sevillano afincado desde hace mucho tiempo en Madrid, y que se dispone a mostrar aquí un conjunto de cuadros recientes inspirados por la capital andaluza. Escenario de su nacimiento, de su infancia y adolescencia, de los inicios de su carrera, aquella jamás ha dejado de estar muy presente para él, incluso cuando físicamente más alejado de ella se encontraba. Sin embargo hasta ahora esa presencia nunca se había dejado sentir tan explícitamente en su pintura, nunca había estado tan clara, tan a flor de piel -tan a flor de cuadro-, como lo está en esta serie, anunciada por otra expuesta hace un año en la Capilla del Oidor de Alcalá de Henares: ejercicio ejemplar, sensible a la par que riguroso, de buceo en la propia memoria, de reconquista, mediante el asedio a lo que él mismo define como"signos de la memoria", del paisaje primero.

Hay en la escena española actual una serie de pintores, algunos de los cuáles son ciertamente muy interesantes, que gustan de autocalificarse de "literarios" o incluso de "narrativos". Más nutrido es el ángulo de los "líricos", que también cuenta con representantes más que notables. A Verdugo, nada narrador, y sí muy poeta, cabría incluirlo dentro del segundo grupo, pero con una matización: mientras la mayoría opta por un lirismo abstracto y de respiración ancha, post-Escuela de Nueva York, él se obliga a una mirada que, sin llegar a ser realista, es más precisa que la de los impresionistas abstractos.

Un pintor literario no se enfrentaría a Sevilla. Un lírico abstracto se habría fijado en difusas impresiones, en la luz, en la atmósfera. Un realista, y allá los hay buenos, habría pintado el río, o el Parque, o el Alcázar, o la Giralda, o una azotea, o un interior en penumbra. Verdugo, por su parte, se apoya en cosas tangibles, aunque dotadas de un alto grado de universalidad: espacio, motivos ornamentales, materiales, colores inequívocamente sevillanos. A la hora de expresarse, de convertir en pintura su nostalgia, no le hacen falta grandes temas, sino que elige cosas más pequeñas, "más mínimas": los muros y los suelos, la cal y el albero, el añil y el almagre, el adobe, los oros y el agua y la vegetación que corroen ciertos rincones en los que reina un silencio de siglos, las teselas romanas de Itálica, la cerámica de reflejos andalusí y la del Barroco...

Cierta pared del Baila pre-futurista, los graffitis fotografiados por Brassai, el impasse de Balthus, los suelos de Dubuffet, el sueño parietal de la Escuela de

Altamira, las pictografías y los muros del primer Millares, las materias de Tapies, las laceraciones de carteles de los"décollagistes" y también el trabajo de ciertos hiperrealistas y el de ciertos conceptuales... Verdugo conoce estos precedentes, y sin embargo lo que nos propone es un acercamiento distinto y nuevo, un programa que podría resumir así: "para decir una ciudad, mi ciudad natal, para convertirla en objeto de mi pintura, me bastan la piel de sus muros -o, si lo prefería, la de sus suelos".

De tan hermoso proyecto, y de la capacidad de Verdugo para darle cuerpo, nos hablan todos y cada uno de los cuadros de la exposición que el presente catálogo documenta. Pura Sevilla son estas paredes deslumbrantes de humilde cal, bajo cuya tapiesca blancura laten otros colores; estos oros viejos y craquelados; estas cenefas que se deshacen en la luz y en el aire; estos "árboles de la vida" de la cerámica arábigo-andaluza, motivos geométricos cuya simbología el pintor ha estudiado en un libro sesudo, (El arte hispano-musulmán en su decoración floral, por Basilio Pavón Maldonado) que le recomendó un amigo poeta, sin duda con la consciencia de que le brindada un , trampolín para el sueño. Pura Sevilla son también los cuadros más abstractos, más despojados, más sintéticos, aquellos donde la cal, en plan casi especialista, lo ocupa todo, o aquellos otros donde un único árbol emblemático, uno de esos árboles a los que acabo de referirme, se convierte en protagonista exclusivo de la composición, mientras la materia semeja la de una pared popular, y en el terreno del color la cosa puede reducirse a un combate incierto entre un almagre sordo, y un rutilante añil.

Del mismo modo que en la ciudad nostálgicamente evocada por ellos, en estos cuadros conviven cosas que en otras partes difícilmente lo harían. Eso está claro desde el punto de vista de las civilizaciones, de las religiones, de los ciclos históricos. Pero también lo está desde el punto de vista de la pintura misma, que concilia geometría y gesto, materia y vuelo, rigor y libertad, concreción y esencialidad.

Hablando de cosas esenciales: si con una sola de todas las imágenes ahora expuestas por Verdugo me tuviera que quedar, no lo dudaría un instante, sería la del suelo de adobes laberínticamente geométrico, de ese lugar milagroso donde los haya que es el Callejón del Agua. Toda Sevilla queda apresada en este cuadro, como toda Kyoto queda apresada en un hai ku de Basho.

Ni en Kyoto, ni en Sevilla. En Madrid. En Madrid, contemplando cómo se aleja, por el suelo de su añorado Callejón del Agua, la sombra de Fernando Verdugo, pintor libre, mas por siempre enjaulado allá, al modo en que lo estuvo, sí, el autor de Ocnos.

JUAN MANUEL BONET