Fernando Verdugo

El retorno de Verdugo

Por: Antonio Bonet Correa

Fernando Verdugo regresa a Sevilla. Tras muchos años de ausencia, vuelve pleno de ideas acumuladas fuera de su ciudad y con un caudal artístico logrado lenta y meditadamente a lo largo de un sostenido trabajo. Pintor entusiasta y tesonero, con un temperamento extrovertido pero a la vez muy dado a la introspección, Verdugo desde el principio de su carrera sintió la necesidad de conocer el ancho mundo con el fin de contrastar su obra con el flujo universal del arte. Partir lejos y abandonar lo que podría ser demasiado cotidiano o inmediato fue como un imperativo categórico para poder seguir adelante en la creación. Después de residir en el extranjero y de encontrar su puesto dentro de la plataforma giratoria arte que es Madrid, Verdugo retorna hoy a su punto de origen. Sus estancias lejos de su ambiente primigenio han servido para que comprendiese cuál era su verdadero camino a recorrer, para completar una obra versátil y protéica, en la cual siempre se han unido los contrarios y, a la manera de una espiral, ha desarrollado una incontenible pasión por lo pictórico, y una irresistible inclinación por el equilibrio entre la percepción y la expresión, la forma y el contenido.

Hay distintas maneras de viajar. Se puede ser viajero por el mundo o viajar por alrededor de su cuarto. Del viaje de formación para conocer lo que es externo se puede pasar al viaje iniciático en el cual el viajero hace todo un itinerario para acabar encontrándose a sí mismo. La pintura de Verdugo ha participado de estas dos formas de entender el viaje. Su obra, creada en distintas latitudes y de acuerdo con diferentes puntos de vista, al menos en lo aparente, responde a un gusto por la itinerancia artística. Pintor que partió de un realismo expresionista, que pasó por un cierto surrealismo con ecos de pintura metafísica y que durante un período de riguroso análisis plástico se sirvió de la deconstrucción de las formas para reconstruir un lenguaje integrador de lo inteligible y lo sensible, en sus últimas obras ha retornado al placer-primero y elemental de lo puramente pictórico. Su mirada se concentra en un entorno adrede y amorosamente elegido. Un aparejo de ladrillo dispuesto en espina de pescado, que ha sufrido las inclemencias de la intemperie, un pavimento o un zócalo de azules deteriorado por el roce de los hombres y el paso del tiempo son suficientes para evocar un mundo de sensaciones, de sentimientos y emociones. Sólo aquellos que se han formado en la "escuela" de Sevilla podrán entender completamente lo que significa este aserto.

Fernando Verdugo, cargado con un bagaje y unas experiencias artísticas adquiridas a lo largo de su recorrido de muchos años fuera, regresa a su mundo inicial. Como sucede en la vida, en parte se debe al azar de los viajes. Una estancia en África del Norte le devolvió el placer del reencuentro con su patria. Es el eterno girar de la rueda. La serpiente que se muerde la cola, símbolo de la manifestación y la reabsorción cíclica del cosmos. También es, al fin el reencuentro consigo mismo del artista. Verdugo retorna a Sevilla con sus últimos cuadros y grabados, obras que revelan lo profundo de su sevillano sentido artístico.