Fernando Verdugo

JAVIER RUBIO NOMBLOT. ABC Cultural.
Exposición Galería May Moré. Dic,2001-Enero, 2002.

“En los límites del Tiempo”

En la última exposición madrileña de Fernando Verdugo (Sevilla. 1942), una muestra itinerante que se celebró en 1998 y recaló luego en Pamplona y París, se destapó un nuevo y desconcertante Verdugo, que dejaba atrás esas celebradísimas visiones sevillanas, barrocas y coloristas, que a principios de los 90 devolvieron al primer plano de la actualidad a un artista que, tras haber desempeñado un papel fundamental en la renovación de la plástica sevillana en los sesenta, había desarrollado gran parte de su trayectoria en e1 extranjero. «Pintando en, o desde el color-añil, almagre, albero- la materia, las huellas que el tiempo ha dejado en el muro, que se extiende desde la infancia sevillana del pintor hasta lo irrenunciable en marcha de una existencia», escribía entonces Miguel Logroño. Verdugo recreaba con suma delicadeza y elegancia unos erosionados paisajes de la memoria (tan minuciosamente pintados que se llegó a hablar de hiperrealismo) en los que crecía el misterioso árbol de la vida recortándose contra muros de sillería árabe, entre mosaicos bizantinos y antiguas piedras sobre las que aún eran visibles las huellas de Hércules. La súbita desaparición de todos estos componentes figurativos , acompañada de una apuesta por lo monocromo, lo vacío y lo informe, no podía dejar de desconcertar a los críticos , que percibieron en esas nuevas obras el eco de un grito y el latido de una criatura que aun estaba por nacer: Rosa Olivares hablaba sin ambages de “un lugar asombroso pero todavía inhóspito para él”, de “un momento confuso en el que el artista tiene que poner coto a su intuición” y, en el mismo catálogo, Santiago B. Olmo escribía que “a menudo las contradicciones ofrecen respuestas más claras que la precisión o la exactitud,. Pues bien, ¿qué se ha resuelto o concretado desde aquella exposición del año 98?, ¿qué confirman o desmienten estas nuevas pinturas? Sin duda, «esta memoria de ahora [que] es una especie de recuerdo del futuro, o tal vez de un conocimiento más amplio de la estructura del tiempo que redefine el pasado, el presente y el futuro de la misma forma que cambia el concepto de conocimiento, de naturaleza y de cultura» de la que hablaba entonces Olivares ha dado sus frutos: en estos desnudos muros que incorporan acero inoxidable y erosionada piedra caliza, barro blanco donde un dedo ha grabado palabras enigmáticas junto a superficies rutilantes, vigas de hierro y láminas de madera vieja, se concitan efectivamente eras y culturas, lo remoto y 1o porvenir, sin que nada de todo esto pueda ser nombrado, o definido.

Misterio y elucubración

Pues la obra de Verdugo es, más que nunca, misterio, intuición, elucubración: la gran bandera que figura en Acción-reacción, por ejemplo, aparece tan desgastada y ajada como la de Jasper Johns (con sus barras de metal oxidado y sus franjas de piedra blanca, con esas estrellas dispuestas en forma de signo en la esquina superior izquierda), pero nos remite más bien a la ruina de un imperio imaginario o futuro, que yace en el olvido antes aún de haber nacido. Si el fin de la historia es la imposibilidad de poner cimientos sólidos, de emprender y defender, en el paisaje congelado de Verdugo todo es Blanco sobre blanco, aquí se funden el acero inoxidable del rascacielos y la piedra blanca de la cueva, la palabra escrita se borra y las cosas son sustituidas por signos indescifrables sobre las que ya nunca se edificará lenguaje alguno.



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GUILLERMO SOLANA. El cultural. Diario El Mundo
Exposición Galería May Moré. Dic, 2001- Enero, 2002.

“Fernando Verdugo”

Con esta exposición, en la que se reúnen sus trabajos más recientes, Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) culmina una investigación matérica iniciada hará unos veinte años. En las últimas apariciones de su obra, lo matérico iba acompañado por trazos que sugerían presencias humanas; ahora esos rasgos figurativos se han desvanecido y las pinturas se vacían en la ausencia, en el "blanco sobre blanco", como reza el título de la exposición.

Las composiciones de Verdugo están segmentadas en áreas geométricas, de acuerdo con esquemas que evocan las pautas del minimal art. Por lo demás, hay un énfasis expresivo en las superficies, un deseo de hacer hablar a las texturas que tiene poco que ver con el minimal. Verdugo ha aprendido la leccion de Kounellis o de Günter Förg, cuando incorporaban placas de meta1 al soporte pictórico. El eje de la actual exposición es el contraste entre dos géneros de materia: una pasta de polvo de mármol modelada y endurecida y una placa de metal, acero o plomo, incrustada en el cuadro. Los efectos cromáticos pueden ser muy diversos: la falsa piedra se viste con distintos matices del blanco o se tiñe de azul profundo, de ese añil que siempre ha jugado un papel importante en la Poética de Verdugo. El metal puede ser un impoluto acero inoxidable o un acero corten oxidado.

El contraste entre los dos géneros de materia-una blanda y otra dura, una clara y otra oscura- sugiere el contrapunto entre la carne y la coraza. Donde la materia más dúctil y vulnerable, la "carne", está señalada con toda clase de huellas de la presencia humana, arañazos, grafitti, o incluso largos textos de escritura continua, de una escritura concebida como un surco en el campo pictórico. La pintura de Verdugo implica un parangón entre dos géneros de temporalidad; la de los procesos físicos y la de las huellas humanas. Entre la edad natural que ataca y destruye y la capacidad preservadora de la memoria. La gran composición que preside la sala es una bandera de los Estados Unidos rectificada, con las estrellas formando un círculo y una cruz como para evocar la mirilla de un arma. En su superficie desgastada, polvorienta, herrumbrosa, se insinúa una meditación sobre el tiempo del poder y el poder del tiempo. .

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MARCOS RICARDO BARNATÁN. Metrópoli. El Mundo.
Exposición May Moré. Dic, 2001- Enero, 2002

“Memoria y Presente”

Hay artistas o escritores que se suelen resistir a mirar hacia el futuro. Para algunos de esos creadores el futuro es sólo una extraña nebulosa de líneas imprecisas, un tiempo que no sólo les resulta dramáticamente inconsistente, sino que muchas veces llegan a dudar de su verdadera existencia. La frialdad que inspira lo desconocido, o quizá lo demasiado conocido por rutinario, queda compensada por un ejercicio minucioso de la memoria y, además, por una sensibilidad abierta, muy permeable a los acontecimientos del presente.

Quisiera pensar que el interés que demuestra la obra de Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) por las emociones que se refugian en la memoria lo ubica en ese sector de creadores que no pueden desligarse con facilidad de su pasado, y que en él encuentran una serena fuente de inspiración. La memoria atrapada con un fervor alejado de la nostalgia, quizá porque rebasa los límites del espíritu gracias a la potente voluntad de materializarlo que late en su obra.

Rastrear los vestigios arcaicos para reconstruirlos con mimo e integrarlos en un proyecto creativo riguroso es uno de los desafíos más apasionantes de las piezas que Verdugo nos muestra ahora, en esta exposición que asombra por su belleza perfecta. Una belleza que descansa tanto en la prolijidad del uso de los materiales sólidos como en la, por momentos, atrevida actitud frente al color. Algo que queda muy de manifiesto cuando recurre a ciertos colores clásicos, de los que sobresale el potente añil que descarga toda su energía positiva en nuestras miradas.

Uno de los cuadros más importantes de la exposición, que ilustra esta crónica, es el que hace referencia a la crisis planteada por el atentado del 11 de septiembre, que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York. Un tema muy difícil de tratar que Verdugo afronta con una gran exquisitez y sin ningún asomo de demagogia. La bandera norteamericana con sus colores modificados, símbolo ya muy incorporado al arte moderno, le sirve de fondo para dibujar las sombras vacías de las torres desaparecidas y trazar esa diana resbaladiza que habla de las inevitables y también sangrientas represalias. Acción-Reacción, esa diabólica ecuación de la historia, renovada en un presente seriamente alarmado.


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EUGENIO CASTRO. La Razón.
Exposición Galería May Moré. Dic, 2001-Enero, 2002.

“Piel sobre la prótesis”

Se contempla el conjunto de piezas que compone la nueva exposición de Fernando Verdugo como la última entrega de un «trabajo de oficio» sobre la materia iniciado al menos hace una docena de años. No creo desmerecer a las obras ni a su autor al emplear la expresión trabajo de oficio para definir un desarrollo creador en el que interviene la moderna aplicación de técnicas conceptuales y racionales del pensamiento, y la depuración artesanal cada vez más consumada de lo superficial. Me explico: Verdugo muestra una voluntad de interrogación de las calidades del muro con la intención de «sentir» las vibraciones de su música interna. Una interrogación que lleva a cabo serenamente y cuyos resultados se hallan a la altura misma de 1o buscado, y que son evaluados por las protuberancias, incisiones, pulimentos o turgencias de estas «paredes» que en última instancia recuerdan la forma sedimentada de un conocimiento anterior desplegándose en la superficie pictórica como memoria de lo telúrico, perenne en el mineral.

Pero este ensueño resulta perturbado cuando el artista decide integrar en el marco de esta evocación lírica esas planchas de metal que lo violentan abruptamente. Verdaderas prótesis insertadas en la vieja piel del mundo que lo llevan al creador sevillano, no obstante, a formular «nuevas dialécticas morfológicas y nuevas lecturas de la opresión de las estructuras dominantes sobre las configuraciones más vulnerables». En este respecto, cobran un protagonismo particular las obras compuestas de dos piezas, en una de las cuales el pintor ha introducido la escritura y la confronta con otra exenta. Conocimiento ilustrado y vacío. Habla primordial y habla culta. Lengua de los pájaros y lengua académica. Escritura poética resistiendo las cuñas de la razón. Fernando Verdugo (Sevilla, 1942), parece que trata de este modo de poner en tensión su dualidad, una dualidad simbólica en cuyo centro ha sido situado el propio saber. Este conflicto, que atraviesa al mundo y a la humanidad desde el fondo de la existencia, se nos adelanta como promesa de un posible aumento de su complejidad en todos estos cuadros en los que palabra mineralizada y materia solidifican su relación crítica. Verdugo plantea esta relación de manera discreta pero anticipadora.


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MARIANO NAVARRO. ABC de las Artes.
Exposición Galería May Moré. Mayo 1998.

“Alquimias de la Memoria de Verdugo”

En esta su segunda individual en la galería May Moré, prosigue Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) la vertiente de su trabajo pictórico que iniciara al principio de ésta década. Miembro de la que fue la generación renovadora del panorama sevillano y andaluz de mediados de los sesenta. Viajero por distintas capitales europeas y americanas, regresó definitivamente a España hacia 1980 y asistió a la que fue la afirmación crítica y comercial de la pintura producida en el transcurso de los cuatro o cinco años siguientes.

Su andadura, sin embargo, ha sido personal y solitaria. Como les ocurre a algunos artistas, ha sido fuera de su tierra de origen donde mejor ha ido a dar con sus raíces y desde donde más claramente divisa los paisajes interiores que ahora ve, recordando aquellos otros que, en un pasado lejano, contemplaron afuera sus pupilas. La mención de la importancia que ha adquirido la memoria en su concepción del trabajo ha sido expresada por quienes se han aproximado a él críticamente. Si en un principio podía decirse que sus signos e imágenes caminaban por un filo entre una figuración de alusiones mínimas y una abstracción informalista, en la que el uso y manejo de los materiales desplegaba al máximo el arco de sus posibilidades. Ahora, si bien permanece fiel a la suntuosidad de la «cocina» -en la que, no estoy seguro si por primera vez, ha introducido en la pintura materiales propios de la estampación, de la que es un profundo conocedor-, ha limitado, por una parte, las referencias a los elementos constructivos populares, los azulejos y sillerías romanos y árabes con los que levanta esos muros que sigue siendo eje vertebral de su labor; incluso el árbol de la vida, que ha sido emblema de muchas de sus obras, aparece ahora en una sola ocasión. Ha restringido, también, la cromía de la que se sirve, que se ha hecho más apagada y, a la vez, más densa, más terrena y más honda y, por otra parte, ha acentuado el dominio de la geometría, de la compartimentación de la superficie y del diálogo entre sustancias que, aunque parecidas, disienten. La pintura es un camino que precisa de corredores pacientes y de largo recorrido. Fernando Verdugo en carta a un destinatario imaginario decía: «Esperar inmóvil y silencioso junto a los muros interiores, pareciera que sólo esa es la tarea».


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JOSÉ MANUEL ÁLVAREZ ENJUTO. Revista LAPIZ.
Exposición Galería May Moré. Mayo 1998.

“Fernando Verdugo”

No hay mayor realismo que la morfología de las células de los seres vivos y sin embargo vistas por el microscopio se nos muestra una fisiología especulativa e irreal, abstracta. En arte, sería como plantearse el mérito o demérito de la transcripción referencial de esas imágenes.

Cuando a principios de los noventa Femando Verdugo (Sevilla, 1942) orienta su trabajo hacia la serie Memoria de Sevilla, y a representar de manera fidedigna y testimonial pequeños arrancados epidérmicos de la ciudad de Sevilla -tal es el caso de los cuadros titulados A1 Andalus, Viejo callejón del Agua o El muro y la memoria -reabre el viejo enigma dicotómico de la certidumbre dudosa de la realidad por evidente que se nos muestre. Aunque en los casos comentados la apariencia mostrada no ofrezca vacilación de su verdad, sí plantea la incógnita del valor o no de la creatividad y originalidad de su representación.

Un tema ciertamente hermoso en la discusión del arte y en la polifonía del lenguaje artístico. En Femando Verdugo esta circunstancia queda a salvo, en la mayoría de los casos así ocurre, ya que aborda en ese planteamiento un motivo esencial en la naturaleza del hombre por saber un poco más de él cada día que pasa, como es el de hurgar entre la memoria. Y en ese sentido Verdugo lo que alcanzó con esa serie fue la de trasladar minúsculos fragmentos del alma, mínimos trozos del recuerdo sentido, que es como decir tangible, y hacérnoslos presentes desde sus mismos presentes, y verdad desde su misma verdad, sin omitimos nada. Una pintura para hacemos sentir como si en ese preciso instante de ser mirada estuviéramos paseando por las cansadas arcillas del callejón del Agua sevillano.

La vena abierta por Verdugo hacia esa evocativa resurrección a través de imágenes cargadas con trozos de materia, estructuras sólidas y prominentes, erosiones táctiles, le ha mantenido durante todos estos años en una brega incesante en busca de recovecos íntimos, presididos por revelaciones icónicas. Un afán que le ha llevado a explorar y estudiar con cuidado detenimiento numerosas variaciones y evoluciones en la configuración geológica y topográfica, huella del transcurso de la vida.

Esa especie de tozuda insistencia en la exploración de estos confines le ha situado en un lugar muy curioso de su expresión. Si en el proceso iniciado hacia ese espacio teórico-práctico mencionado recurría a fórmulas de composición simple y gradual, y cromatismos en su mayoría terrosos (también se trataba de retratos de superficies), ahora distribuye los planos en función de su interés por lo recóndito, lo por debajo, lo oculto; es por ello que sus configuraciones son realizadas mediante una distribución de los elementos intervinientes (hoy muchos más) en organizaciones mixtas y con un orden constructivo de mayor rigidez. En esta colección nos muestra los estratos telúricos desde vistas frontales (también lo hizo en la anterior), esto es sin perspectiva ni profundidad, en detalle fachada. Ahora bien, esta forma de enseñamos los estratos dispone un lenguaje abstracto y sin referentes reconocibles, y sin embargo de nuevo es la carne de la verdad, los modos evidentes, los cuerpos, de los cambios de tiempo, de las mutaciones calcáreas.

Inspirado por paseos y variados reconocimientos del interior de la tierra, especialmente en la zona francesa de Dordogne, le lleva a Verdugo a trabajar sobre estos aspectos del conocimiento y a continuar con la tarea emprendida de refrendar pasajes de la memoria, aspectos secretos de nuestras inclinaciones culturales. Y si en etapas anteriores el color resultaba uno de los puntos de mayor consideración (en su gran protagonismo nunca los hizo brillar), ahora lo enfatiza desde su ausencia. Ya no están los tonos rojizos y más llamativos, cursan los blancos, los negros, los cremas y algún azul pálido, exactamente los mismos por los que discurren las sugerencias de sus recuerdos. Una información que nos lleva a enlazarle con él mismo. Desde este camino regresa a etapas donde la pintura, el ejercicio puro de pintor, componía una mayor acción, imágenes de gran efecto.

 
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MARCOS RICARDO BARNATÁN. Metrópoli. El Mundo.
Exposición Galería May Moré. Mayo 1998.

“Memoria de la materia”

Hacía ya bastante tiempo que quería escribir acerca de una de las obras más ricas y personales de la pintura española actual, y por fin me llega la oportunidad de cumplir ese deseo al socaire de una magnífica exposición que Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) acaba de inaugurar en la galería de May Moré. Su originalidad está cimentada en una larga trayectoria, iniciada hace 30 años, marcada por distintas etapas que siempre se han caracterizado por la autoexigencia y la experimentación, por 1a busca de caminos posibles -que oscilaban entre la figuración y la abstración- en los que manifestar con rotundidad y rigor esa verdad única que cada creador lleva consigo y que es el motor, el corazón de su obra. Tras vivir temporadas en el extranjero durante la década de los 70, primero Nueva York, y después nueve años en Holanda, Verdugo regresó a España en 1982, aunque no había dejado nunca de exponer su pintura entre nosotros. La memoria de su ciudad natal, de los muros de sus viejas casas, de los suelos enladrillados de sus calles, jugó y sigue jugando un papel muy importante en su pintura que intenta rescatar del olvido un memorial matérico condenado a desaparecer pero que su evocación, por fortuna, salva. Para ello Verdugo procede a una auténtica reconstrucción poética que combina con gran acierto 1a potencia de los elementos con 1a sutileza de su penetrante comunicación colorista, basada en colores muy específicos que van del añil -con tanta tradición mágica arabigoandaluza- al a1bero y el almagre. La memoria no es siempre constante, sus recodos, sus vueltas atrás, sus olvidos la hacen fragmentaria. Y nuestro artista recoge en muchas de sus composiciones esas interferencias, a veces contradictorias pero que a1 fin confluyen, como los ríos y los arroyos, que mezclan sus aguas distintas en la meta pero en sus cauces mantienen intacta su propia identidad. En esta exposición hay piezas grandes y ambiciosas, como el díptico principal en el que el presente lo marcan los lutos verticales, y el recuerdo de grutas rituales y del rastro que en él dejaron los hombres vivifica el espacio, y hay también formatos más pequeños en los que se esencializa el mismo concepto. Párrafo aparte merecen las cajas de sorpresas, pequeñas joyas en las que Fernando Verdugo recicla fragmentos de papeles, pintura solidificada, carbones, lijas y otros elementos con los que convive en su taller. Una galería de ruinas íntimas, de poemas apenas musitados pero que tienen una enorme capacidad de emocionar.

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ROSA OLIVARES. Revista Lápiz.
ARCO 96. 8-13 febrero, 1996.

“De pintura”

En esta edición de ARCO) se presentan nuevamente muestras de todos los lenguajes creativos del momento. Con toda seguridad, el vídeo y, sobre todo, la fotografía estarán presentes con gran fuerza, así como la escultura. Pero la pintura se recupe4ra incuestionablemente. La nómina de pintones españoles presentes en la feria es extensa y abarca todos los estilos y edades. Destacar a unos sobre otros es siempre no sólo una apuesta excesivamente personal, sino imposible dadas las características de una Feria de arte. Sin embargo, es importante resaltar la fuerza que la pintura vuelve a tener en España, la categoría de algunas de las propuestas que no son nuevas ni viejas, sino simplemente personales. Nombres como Ramón Bilbao, Jordi Teixidor, Prudencio Irazábal, Frederic Amat, Fernando Verdugo, Eugenio Cano, Juan Uslé, Elena del Rivero y José María Sicilia son solamente algunos de los que demuestran que no es un trabajo de un día, sino continuado y en crecimiento, en proceso permanente (…)Fernando Verdugo y José María Sicilia plantean su búsqueda a través de otros parámetros. Es la investigación de los materiales, la propia superficie, la que define el contenido. En la apariencia podemos encontrarlo todo. José María Sicilia sigue ocupado en su trabajo con ceras y con pintura, creando unas superficies equívocas y translúcidas. Unas formas ambiguas, a veces como sombras y otras como manchas, que se nos ofrecen a modo dé simples sugerencias. Curiosamente, las superficies de sus cuadros son luminosas y claras, pero a la vez misteriosas y ambiguas. Aparentemente muestran y no esconden nada, se abren ante nuestros ojos como una flor; sin embargo, lo que más nos atrae es lo que está oculto, lo que no podemos ver. El trabajo de Verdugo es minucioso y se articula con un peculiar estilo de reconstrucción. La idea central es trabajar la superficie de la memoria, la superficie de las cosas que vemos, de esas caras de la tierra, de las casas, de los muros que nos protegen y en los que vemos pasar el tiempo a través de sus huellas. Son los colores y los materiales de siempre, el tratamiento clásico para llegar a un lugar diferente. La práctica de esta pintura requiere un conocimiento puro y absoluto de los medios que se utilizan, de los materiales. Es aquí, nuevamente, donde cabe aplicar a la pintura aquella máxima que Ezra Pound dictó para la poesía ("la forma es el contenido") y que Marshall MacLuhan modernizó en su estudio de los medios de comunicación ("el medio es el mensaje"). El cuadro es la superficie, la apariencia es también la realidad. Y el anhelo de la perfección es simplemente la meta del artista. En este sentido, Verdugo presenta un trabajo depurado por el conocimiento de la técnica, pero no hay que quedarse atrapado por la belleza de lo exterior, por la perfección de la superficie, porque debajo está la vida. Detrás de estos fragmentos está la persona; quizás no sólo el artista, sino también todos aquellos que han pintado antes que él y que, de alguna forma, están también en estas huellas que Verdugo trabaja y sitúa fuera del contexto que aparentemente se les podría adscribir. De repente, las encontramos frente a nosotros, convertidas en otra cosa, transformadas en pintura.

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JUAN MANUEL BONET. Blanco y Negro. “El pintor y su entorno”
Exposición Galería May Moré. Junio-julio 1995.

“Fernando Verdugo. Nostalgia creadora”

Conocí a Verdugo, y su pintura en la Sevilla de finales de los años sesenta. Exalumno de Pérez Aguilera en la Escuela de Bellas Artes, en 1967 había expuesto, con catálogo prologado por Juan Blanco, cuya tertulia él frecuentaba, en La Pasarela, que era “la galería” de la ciudad, y que el año anterior le había otorgado su premio de pintura. Practicaba una figuración próxima al “pop”, y con dejes surrealistas. Andaba metido, como todo el mundo, en política. Le perdimos luego la pista a Verdugo. Anduvo por Madrid, por Nueva York, por Holanda, donde residió por espacio de nueve años. Regresó a España. Se instaló de nuevo en la capital. Aquí lo reencontré, ya a comienzos de los ochenta, en una época en que vivía por Aluche, un barrio donde tenía cerca dos de sus mejores amigos, el también sevillano Claudio Díaz -al que ya presentamos en estas páginas- y el cordobés José Duarte. Desde hace unos años, Verdugo reside cerca del viaducto, un lugar que inevitablemente asociamos con Rafael Cansinos-Assens, otro sevillano que construyó buena parte de su obra sobre la nostalgia de la tierra dejada atrás. Su taller, que durante un tiempo ocupó parte de la vivienda, lo tiene ahora en propia calle Bailén. La zona trasera la ocupan el tórculo y demás útiles de estampación, quien aquí la trabaja es un gran investigador en el terreno calcográfico, donde consigue resultados asombrosos tanto desde el punto de vista matérico, como desde el cromático. Durante los años ochenta, Verdugo prosiguió su indagación figurativa, que pudimos conocer gracias a sendas exposiciones (1980-1986) en la galería El Coleccionista, y a la que en 1992 celebró en la Capilla del Oídor de Alcalá de Henares. Más o menos en torno a la última de las fechas mencionadas se decantó por un arte más abstracto y de respiración más ancha. Abstracción suya, como no podía ser de otro modo, poblada de ecos de lo real. Pintura de la memoria , recolnstrucción-por eso, y no sólo por la Morería he citado a Cansinos- de la añorada Sevilla de infancia y adolescencia. Azulejos de motivos –“el árbol de la vida”, al que tantas vueltas le ha dado- y reflejos arábigo-andaluces, suelos, tapias, a veces tan sólo un color… le bastan estas cosas para construir una situación plástica, y lírica, para embarcarse y embarcarnos en un viaje hacia el Sur y hacia el pasado, hacia “allá lejos, y hace tiempo”. La exposición que le ha organizado May Moré es sin duda alguna la más rotunda de cuantas le hemos visto a Verdugo. Son los motivos y las maneras que ya conocíamos por sus últimas comparecencias, pero llevados a un punto de síntesis, de depuración, de esencialización , verdaderamente admirables, y que nos hablan de su no dormirse en Ios laureles, de su anhelo constante de aquilatar más y más su arte, de su capacidad para enfrentarse a nuevos retos. A la sombra del Alcázar “Callejón del agua” se titula un cuadro que es una nueva versión de otro que estuvo colgado en su anterior individual madrileña, celebrada hace dos años en la desaparecida galería Kreisler-Dos. De lo que se trata es de reconstruir el suelo de ese lugar único, a la sombra de la tapia del Alcázar. «El muro», en ocre y blanco, constituye una imagen especialmente radical y conseguida. Nos impresiona también “Judería”, que con sus tres metros de alto preside la nave central, y donde se combinan pared y suelo. Y “Celosía”, y “Reja” -ambas realidades, tan sevillanas, reducidas a una mínima expresión- y “Serie Triana”, y “1970”, donde luchan el ocre y el azul. Con motivo de la muestra, y como es costumbre de esta sala se ha editado un libro en el que Verdugo ha dado rienda suelta a su imaginación visual, y también a la literaria, ya que se incluyen varias cartas imaginarias dirigidas a Abraham Maslow, en las que fija algunas de sus ideas sobre la creación, sobre la memoria, sobre la presencia de unos muros que Tápies nos ha enseñado a mirar. La presentación del volumen estuvo a cargo de Antonio Bonet Correa y Santiago B. Olmo, y constituyó un interesante ejercicio de reflexión a dos voces, al que terminó sumándose el propio artista, que aclaró bastantes cosas respecto de su relación con Sevilla. “¿Dónde quedará -se preguntaba con no disimulada nostalgia- una pizca de azul en Sevilla? El añil y otros azules han sido desterradas de la ciudad, porque a la gente no le parecen lo suficientemente nobles”.

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ADOLFO CASTAÑO. ABC Cultural.
Exposición Galería May Moré. Junio-Julio 1995

“La memoria matérica de Fernando Verdugo”

Los suelos sustentan, los muros cobijan, y la memoria instala sobre ellos, entre ellos, su presencia. La memoria congrega las vivencias, las almacena, y estas vivencias resucitan cuando un fragmento del ayer, objeto, palabra, imagen, irrumpe en el instante, choca contra nuestro hoy. La operación inmediata de esta irrupción, si es un pintor el que la siente, es tomar la materia de los materiales pictóricos, agitarla, revolverla y posarla sobre un soporte, para que aparezcan juntos el ayer y el ahora. Esta resurrección es una nueva encarnación, una reencarnación de la memoria que vuelve a ser realidad (aquí nos encaramos con el punto de inflexión que intercomunica la expresión abstracta con la realista; aquí no entra lo humano, pero está el hecho real y el simbólico, el dato y el ensueño, su geometría y algunas otras cosas necesarias). Fernando Verdugo -¡larga vida para él!- nació en Sevilla en 1942. Su rostro -en la fotografía que miro- se agolpa en el entrecejo. Su mirada es penetrante, aunque está un punto velada. Su brazo, su mano, sujetan el volante del tórculo -pinta y graba-. Su gesto entero, en plano medio, reposa un momento revelando la fuerza que puede desarrollar inmediatamente. Pero, ¿qué guarda su frente? He deambulado por el amplio y limpio espacio de la galería, viendo sus obras y teniendo a la vez en la memoria una frase de su segunda carta al psicólogo humanista, ya desaparecido, Abraham Maslow: ”Tú llamas "conciencia unitiva" a la capacidad de percibir simultáneamente en un hecho su particularidad y su universalidad”. Pues bien, Fernando Verdugo trabaja en el campo de esa conciencia unitiva como muchos otros, trabajo pictórico que le acerca el riesgo de parecer abstracto sin serlo, ¿hay algo más real, más sustentador de nuestras realidades, que el suelo o las paredes? El público tiene la facultad admirable de ver cuando quiere. Normalmente lo que ofrece asideros para un reconocimiento inmediato o relevante, provoca un movimiento de huida frente al fenómeno artístico. Craso error, porque en esta huida pierden las analogías que contiene la obra necesarias para su vida. Analogías que desde la humanidad del artista se dirigen claramente hacia ella, que vienen desde lo particular a lo universal para ser reconocidas.

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ROSA OLIVARES. Revista LAPIZ.
Exposición Galería May Moré. Junio-Julio 1995.

“Fernando Verdugo. Galería May Moré”

La fuerza de las formas, de la incuestionable presencia formal de la pintura, nos hace reconocer que un cuadro, que una pintura se representa solamente a ella misma. Que se convierte desde el mismo momento de ser pintada en un mundo autónomo y diferente. En un momento en el que todo el arte parece destinado a representar algo diferente, a significar aspectos abstractos que se van paulatinamente concretizando en otra cosa por el milagro de la creación, estas pinturas de Fernando Verdugo nos someten al duro esfuerzo de aceptarlas simplemente por ellas mismas. Desde la última exposición individual de este artista sevillano en Madrid (en la ya desaparecida galería Jorge Kreisler) su trabajo se ha depurado, siguiendo un proceso que no está muy lejano de una vía psicoanálitica de depuración interna. Hasta qué punto la función creativa hace más auténtico al hombre es algo que difícilmente se puede saber, y tal vez el único baremo sea la obra que ese hombre produce en ese proceso de introspección que se culmina inexorablemente con una obra externa, exenta de referencias figurativas, densa y a la vez frágil. Si en esa exposición Verdugo nos hablaba de su memoria, de sus recuerdos a través de las paredes y de los suelos de su Sevilla, de esa ciudad ya irreal que solo vivía en su imaginación y que cobrara una fragmentada existencia en sus cuadros, en esta ocasión los muros ya no responden estrictamente a ningún lugar. Posiblemente sean esos "muros interiores" que muy acertadamente el propio artista analiza en un breve texto en el catálogo de la exposición, los que están colgados en las paredes de la galería. Unos muros cada vez más claros, en los que las huellas de deterioro son también bellas, en las que la materia, siendo simplemente y sobre todo materia, nos está hablando de algo mucho más profundo. Son superficies mágicas que no se limitan a la apariencia, sino que nos introducen a través de su textura y de su innegable presencia en otros lugares interiores. En ocasiones, a través de las manchas en estos muros, de los cambios del color, la memoria nos retrotrae a ese momento en la infancia en la que jugábamos a adivinar que eran realmente las manchas de una pared con humedad, una pintura desgastada, un desconchón en algún sitio. Entonces no sabíamos nada de Rochas ni del zen ni siquiera de Freud o del psicoanálisis, pero ya intuíamos que esas manchas podían ser, finalmente, sólo manchas aunque al mismo tiempo creíamos intuir toda la magia del universo. Como siempre, es la misma vida la que puede hacernos entender el arte. La vida y, también, la belleza. Estamos ante un proceso de síntesis que el artista ha realizado en un sin duda doloroso proceso. En un trayecto que le ha llevado desde él a él mismo, desde su mirada hacia él exterior hacia una visión más íntima y profunda. Como testigos asombrados del resultado, una especie de fusión pictórica, asistimos a un impúdico espectáculo en el que esta vez el artista que se desnuda lo hace sabiendo que no puede haber ruinas, sino esplendor. En el trayecto hasta este punto, Verdugo ha despojado a su pintura de todo lo que de decorativo o de anecdótico podía tener. No ha perdido, sino que ha desarrollado, esa fidelidad a la materia, a la sustancia "que contendría todas las formas del universo", simplemente la ha despojado de "todo lo que no consideraba esencial". Es la obra de un pintor con conocimiento de la materia pictórica, de un lenguaje universal que ha domado y lo ha convertido en su propio lenguaje, para ello ha tenido una larga tarea, que continúa, de imponer la intuición a la memoria, la imaginación a la realidad, el yo concreto a un yo universal. Y en todo ese proceso su ayuda principal ha sido la propia pintura, la propia materia le ha ido dando las claves del desarrollo de su trabajo. Y por todo esto posiblemente la exposición sea una exposición tranquila, en la que los cuadros, de formatos grandes y de colores intensos, no plantean alteraciones ni problemas. Todo está en función de un proyecto concreto, de una mecánica natural, demostrando lo que afirma Verdugo en su texto: "Lo que en principio fue un medio, se fue convirtiendo para mí en un fin en sí mismo."

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JAVIER RUBIO NOMBLOT. El Punto de las Artes. Exposición Galería Jorge Kreisler. Junio 1993. “Las paredes mágicas de Verdugo” Ante una obra tan intensa, tan cuidadosamente pensada y pulida para hacerla asequible al observador, como la de Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) es necesario poner el acento en lo que, en el argot de los pintores, se conoce como la «cocina», el logro técnico, la investigación de los materiales. Porque va ligada esta paciente labor a la actitud del pintor frente a su arte y, además, gran parte de su mensaje se halla en la perfección con que se reconstruyen los fragmentos de lo real que aquí tenemos. Que Verdugo disfruta elaborando estas delicias matéricas, que domina su obra, que mima cada superficie, es algo que el espectador percibe de inmediato, y por ello el vínculo entre artista y público queda también establecido desde el primer momento. Las paredes de Verdugo, que contienen las infinitas ulceraciones que el tiempo y la naturaleza producen en todo lo existente, nos hablan, como lo advirtiera el crítico Miguel Logroño, de «preguntas que no se conforman con la primera respuesta», de «aquello que nos reconoce y en lo que nos reconocemos», nos hablan del tiempo, de la belleza que es producto del paso del tiempo y que todos hemos apreciado alguna vez en ese muro mágico. Porque este muro es «soporte de la historia y elemento estimulante de la memoria», contiene el ornamento antiguo, la inscripción del viajero, el color de otra época. El espectador, por tanto, habrá de traspasar, aunque le cueste, la «piel» de las obras de Verdugo, ir más allá de esos mosaicos elaborados con desconocidas técnicas, de esos muros de sillería, de esas capas de cal, de las grietas, cuarteados y raspaduras, de la hábil imitación del moho y del salitre. Habrá de penetrar en esa Sevilla que el pintor recuerda, en el misterio de ese «árbol de la vida», en el que se halla representada la huella árabe, y que acaba convirtiéndose en motivo único, en sujeto de análisis, en imagen obsesiva constantemente reinterpretada.

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ROSA OLIVARES. Revista LAPIZ.
Exposición Galería Jorge Kreisler. Junio 1993.

“Fernando Verdugo”

Dicen que si no soñáramos mientras dormimos, cada noche, moriríamos sin remedio. De igual forma la memoria, esa historia mentirosa, es imprescindible para construir la exacta idea de la realidad a nuestro alrededor. Estas dos formas de crear, el sueño y la memoria, están hechas de los mismos materiales livianos, de deseo y de aire, dos materias irreemplazables cuando hablamos de arte. El problema surge cuando soñamos despiertos y cuando pretendemos hacer real nuestra particular memoria de las cosas. La obra que actualmente expone Fernando Verdugo es la historia de sus recuerdos en torno a su ciudad natal, Sevilla, pero es, al mismo tiempo, mucho más que la simple e inexacta narración de un recuerdo de juventud. Verdugo ha trasladado al cuadro, al papel, las sensaciones que él guarda de cuando vivía en Sevilla, un recuerdo personal que se transforma en un pedazo de suelo o de pared, que son sin duda mucho más que un trozo de suelo o de muro, ya que ese suelo que él recuerda es por el que él paseó, un camino que pudo ser de terrible enamorado o de soledad infinita, y esos muros que ahora ha pintado son otra forma de repintar la fachada de una casa que nunca fue real. De la Sevilla que Verdugo nos habla no queda nada más que el recuerdo, ya que su rehabilitación, como una cirugía plástica total, ha borrado a la vieja dama de ayer para dar paso a una nueva ciudad irreconocible para sus antiguos amantes, pero sin duda preparada para quedar en la memoria de futuros paseantes por una ciudad proclive al ensimismamiento. Pero si los materiales de la memoria son ligeros, el pintor ha elegido una línea pictórica, un género narrativo, denso y realista. Aquí la materia, como si de un trompe 1'oeil se tratase, se vuelve aparentemente real, la piel de la ciudad es reconstruida en sus jirones junto con los símbolos de una ciudad, de una cultura que nunca fue pura, como una buena y entregada amante. La pintura de Verdugo se sitúa en un punto incierto entre la abstracción y la más pura realidad, y si la materia y la textura de cada cuadro está cerca del informalismo, el tema y su presentación, su iconología no deja lugar a dudas. Y para hablar de otros puntos de contacto, que posiblemente por el tema de esta exposición puedan parecer lejanos, si nos fiamos exclusivamente de nuestra memoria y de la piel de estos cuadros, habrá que remitirse a una idea del minimal en cuanto a la repetición de motivos esenciales: habrá que referirse al conceptual cuando, inevitablemente. surge el recuerdo del grupo inglés Boyle Family que se dedica a reconstruir pedazos de suelo de cualquier parte del mundo siguiendo un método topográfico para acabar convirtiendo cada pedazo de suelo en una obra de arte. Sin duda la serie que Verdugo nos muestra ahora es algo más que un ejercicio de maestría pictórica, algo más que la demostración de las hechuras de un pintor, y también es mucho más que una historia personal narrada en breves relatos. A través de la piel de las ciudades, al igual que a través de la piel de las personas, con sus olores, su color y su sabor, se puede escribir la historia de los hombres. Verdugo nos cuenta su personal historia de añoranza y deseo, una relación especial con una ciudad que ya no existe, excepto en su memoria, excepto en sus cuadros, una ciudad reconstruida a partir de los jirones de su piel.

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JOSÉ ANTONIO CHACÓN. Diario 16 Andalucía.
Exposición Caja de Ahorros San Fernando. Sevilla. Septiembre 1993.

“Las huellas de la memoria”

Fernando Verdugo (Sevilla, 1942) pertenece a la generación de artistas que a mediados de los sesenta lleva a cabo la regeneración y cambio de rumbo que sufre la pintura sevillana en esa época, auspiciada y potenciada por un grupo de artistas que trabajan en torno a la galería La Pasarela, en la que celebra su primera exposición (1967) y en la que obtiene el premio instituido por ésta. Nueva York, Amsterdam, París y Bruselas son algunas de las estaciones en las que se ha detenido la obra de Verdugo hasta su apego definitivo a Madrid, ciudad en la que se instala seguro de recibir y ver pasar los nuevos aires del arte contemporáneo que fluyen en la capital española al inicio de la década de los ochenta. Han sido veinte años de experimentaciones, de reflexiones, de confrontaciones con movimientos y corrientes que han nacido paralelamente a su creación, aunque en estas dos décadas su obra haya mantenido el mismo espíritu y compromiso que llevó a colgar sus pinturas en las paredes de , La Pasarela, alentado, entonces, por el profesor Miguel Pérez Aguilera y Juan Blanco, entre otros. Animada por los dinamismos y cambios que sufren los movimientos artísticos internacionales, la obra de Verdugo investiga y experimenta en un discurso cercano a las fronteras entre abstracción y figuración, a la que se añade su constante investigación matérica. Su obsesión por la textura y los procedimientos o su constante experimentación gráfica dan a su obra un carácter vivo, serenado en un interior en constante búsqueda de lirismo, de meditación, de arraigo a un paisaje que no ha abandonado a loo largo de su trayectoria hasta el momento. Desde de su primera exposición, “el pintor busca rehabilitar la asociación de elementos tan distintos y distantes como lo poético, lo geométrico y lo social”, que desatacara Juan Blanco; las “referencias concretas a un ámbito imaginario”, que observa Antonio Bonet, o “el elemento provocador de la memoria”, que subraya Miguel Logroño en una de sus últimas series, son el espíritu y método que ahora se sintetiza en Memoria de Sevilla –su trabajo más reciente-, una constante que alimenta el espíritu creativo de Fernando Verdugo. Imágenes persistentes, señales obsesivas, restos arqueológicos de una memoria que reconstruye en paisajes matéricos e inanimados un recuerdo constante verdadero de una ciudad, Sevilla, reconstruída en los tonos del añil y el albero, en los azulejos y teselas, en los adoquinados y solerías de adobe... desde la distancia de un exilio exigido a la aventura de crear, al vértigo cotidiano de afirmar y afirmarse con el arte cono única herramienta. Verdugo ha descargado en Sevilla reflejos de patios, columnas y callejones velados por la niebla de la memoria. El Callejón del Agua o la Alameda sirven para rastrear en los orígenes de una huella que se sintetiza en un gesto, un trazo, un signo sutil y aproximado a una realidad que, como escribe Juan Manuel Bonet, es “pura Sevilla”.

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MANUEL LORENTE. ABC de las Artes
Exposición Caja de Ahorros San Fernando. Sevilla. Septiembre 1993.

“Verdugo, a través del sentimiento”

El comienzo de esta nueva temporada ha deparado la coincidencia de dos circunstancias afortunadas. Ambas, motivadas por las profundas sensaciones que de la ciudad expresan las obras de dos autores sevillanos, físicamente alejados de ella desde hace muchos años. De uno, Manuel García Viñó, nos llega su libro «Guía sentimental de Sevilla», recién publicado por Ediciones Júcar; de otro, Fernando Verdugo, también residente en Madrid, su exposición de pinturas y grabados titulada «Memoria de Sevilla». No procede aquí el comentario que corresponde a la sugestiva teoría de la capital andaluza formulada con tan líricos acentos por el escritor que, a principios de los años cincuenta, fue uno de los propulsores de la Joven Escuela Sevillana de Pintura y Escultura, pero sí hemos creído oportuno significar la casual simultaneidad de los testimonios ofrecidos por quienes, desde la lejanía y a través de sus distintas formas de expresión, con tanta sensibilidad evocan las raíces que alimentaron su propia identidad. Ha escrito Juan Manuel Bonet que Fernando Verdugo podría resumir el programa de sus obras más recientes con estas palabras: «para decir una ciudad, mi ciudad natal, para convertirla en objeto de mi pintura, me bastan la piel de sus muros o, si lo prefería, la de sus suelos». Y es cierto. Lo demuestra el más de medio centenar de cuadros que acompañan al artista en su tan esperado retorno a las salas de exposiciones de Sevilla, donde en 1966 obtuvo el premio convocado por La Pasarela, la ya desaparecida e inolvidable galería que tanto contribuyera a la renovación del arte sevillano y en la que un año después mostraba su primera individual. La única, hasta ahora, en la ciudad que no tardaría en abandonar, buscando nuevos horizontes para su pintura. Sin embargo, pese a la evolución madurada en ella durante tanto tiempo, las contadas colectivas en que aquí ha estado representado siempre permitieron advertir en esos nuevos horizontes el eco de unas añoranzas que ahora se perciben en toda su intensidad. Son aquellas de que nos hablan con tan novísimo lenguaje esos colores tan genuinamente sevillanos que cubren los muros de cualquier rincón de la ciudad, los restos de algún mosaico romano, los reflejos de unos azulejos arábigo-andaluces, la sucesión de ladrillos geométricamente alineados que componen el pavimento del Callejón del Agua y esos lugares que Verdugo evoca en sus pinturas con tanta emoción y sentimiento. En sus pinturas y también en las distintas series de grabados, donde con tan sorprendente maestría logra las calidades y texturas matéricas que tanto interés añaden a las sentimentales abstracciones que son todas sus obras.

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AMALIA GARCÍA RUBI. El Punto de las Artes.
Exposición Caja de Ahorros San Fernando. Sevilla. Septiembre 1993.

“Memorias de Sevilla; una personal de Fernando Verdugo”.

Fernando Verdugo vuelve a Sevilla con una dedicatoria muy especial para su ciudad. Una selección de pinturas y grabados recientes de los que emana todo un cúmulo de sentimientos fortalecidos a lo largo de años pasados y presentes. Lo romano, lo visigótico, lo árabe… la sucesión y fusión de culturas que es Andalucía, renace en la obra de Verdugo con una naturalidad sincera que sólo él sabe transmitirnos porque conoce a fondo sus raíces. Mediante una técnica enormemente elaborada el artista ha creado una nueva visión de su ciudad. Toma como referencia pequeños detalles guardados en la memoria (dibujos geométricos del ladrillo, azulejos pintados, decoración andalusí, capiteles romano-visigodos…) para engrandecerlos en su valor y significado. Es una obra densa, profunda, donde la abstracción se transforma en el más fiel reflejo de una vida y una realidad. Luz sureña, texturas de cal y arena, colores de la tierra... Todo está tan intensamente plasmado que ni el mejor de los pintores figurativos sería capaz de evocar Sevilla como lo hace Verdugo. De lo mínimo nace la obra plena, conjugación de múltiples aspectos que van más allá de la mera representación iconográfica (porque los «iconos», en este caso, están «prohibidos», como lo estuvieron en el arte hispano-andalusí). Fernando Verdugo nació en Sevilla en 1942. De niño ya pintaba y dibujaba. La primera etapa de su vida transcurre en Sevilla, donde pronto conecta con la vida cultural que le rodea. Estudia en la Escuela de BB.AA. Santa Isabel de Hungría, aunque su formación fue más bien heterodoxa e inquieta. En 1966 celebra su primera individual en la Galería Pasarela y obtiene el primer galardón de su carrera. Se traslada a Madrid y posteriormente a Nueva York, donde monta su propio taller. Viaja a Francia y Holanda. En Amsterdam reside y trabaja para la Galería D'Eendt, durante nueve años. Conoce a los surrealistas nórdicos. En 1982 regresa definitivamente a Madrid y comienza una nueva etapa artística, con un replanteamiento de su quehacer creativo que le llevará a la realización de sus “Estructuras mutantes”, indagaciones sobre forma y movimiento en una estética abstracto-figurativa. La abstracción se acentúa en su serie “Piscinas”, exhibida en Bélgica en 1988 y 1990. Se refleja un mayor interés por la materia y el espacio y se acentúa la esquematización formal. A partir de 1991, Verdugo se vuelca hacia una investigación artística más personal e introspectiva. Es el retorno a sus orígenes, el reencuentro con Sevilla.